miércoles, 18 de enero de 2012

A mi padre.

Es increíble las vueltas que puede darte la vida en unos meses. En casi un año que hace que no aporto nada a este pobre blog.
Hemos liquidado un 2011 tan negro, que ojalá tarde en repetirse otro semejante. Despedía el 2010 explicando mis preocupaciones, y todas ellas se quedaron cortas en el recién caducado 2011.
Se acabó la generación de mi padre. Se nos murió él en Marzo -en dos días hará un año ya!-, y a los pocos meses se fue la última de las hermanas que aguantaba, la tía Plácida. Ambos se murieron sin haber agotado su tiempo, pues a ambos les podían haber quedado unos cuantos años más de vida en buenas condiciones. Pero la muerte tiene eso, se lleva a quien le da la gana y cuando se le antoja.
La experiencia de la enfermedad y muerte de mi viejo fue dolorosa. Ver como de la noche a la mañana lo que se supone es un problema "leve" de salud, se convierte en un tumor con metástasis que se lo llevará por delante en poco tiempo, es jodido. Vivir ese tiempo que nos queda tratando de acultarle la cruda realidad para evitarle el sufrimiento extra de saber qué tiene, vivirlo entre idas y venidas desde Barcelona a Asturias, y saber a cada viaje que el siguiente es probablemente el último en el que le verás con vida, se puede convertir en un verdadero infierno. Pero dentro de todo ese infierno, con voluntad se puede sacar una lección de vida y de humanidad tremenda, viendo como se vuelca la familia, los amigos, la gente que te conoce, y como te ofrecen todo su apoyo para capear semejante temporal.
Hoy, dieciocho de Enero, cumpliría sus 79 de seguir entre nosotros. Cumplió los 78 en el hospital, ya sentenciado.
No se imaginaba que en menos de un año iba a viajar "al otro lado", y además de con los que ya tenía allí, se iba a encontrar con su hermana Plácida, con su prima Maruja o, con sus amigos Ángel o Mariano...
Hoy, para cerrar "su año", y mi año, quiero colgar aquí el texto que envié a la comisión de fiestas de San Antonio de Villaverde, para que lo publicasen en el libro que cada año hacen, y, que por ser un medio que llega a todos los rincones del concejo, y por tanto de una asegurada difusión, me apeteció aprovecharlo para hacer llegar mi agradecimiento a toda la gente que nos acompañó en aquellos duros momentos. El texto, acompañado por la última foto que le tomé antes de empezar el periplo de médicos y hospitales, es éste:


Lías el de Argoliviu.
Hace tan solo unos meses que mi padre nos dejó.
Uno nunca acaba de hacerse a la idea de la pérdida de un ser querido por más que lo pueda parecer. Vivir día tras día la ausencia es muy duro, pero no lo es menos si lo vives desde la distancia.
En el primer caso el dolor se acaba convirtiendo en crónico y te acostumbras a vivir con él.
En el segundo, el dolor te sorprende cada tanto, cuando de pronto un hecho o un recuerdo te lo trae, vivo, a la memoria, y a los pocos segundos sientes la descarga del mazazo despiadado que te dice que ya no está.
Sin embargo no nos queda otro remedio que seguir adelante, y acostumbrarnos a la cruda realidad. Porque a fin de cuentas, a este mundo, hemos venido a vivir y a aguantar lo que nos echen.
Quiero aprovechar este medio tan familiar entre todos, para enviar un mensaje de agradecimiento general.
Al personal médico, sanitario y gerontológico -salvo alguna excepción- que le hizo la convalecencia más llevadera.
A los Servicios Sociales de Amieva, y a las chicas que se encargan de organizarlos y llevarlos a cabo. Indudablemente, son los ángeles de la guarda que se encargan de hacerles la vejez más grata a nuestros mayores, y por ello, quiero hacerles llegar desde aquí mi máximo respeto y reconocimiento.
A toda la gente que desfiló por casa, por el Hospital, y por la Resiendencia durante la enfermedad. He llegado a ver en su habitación del Hospital a más de quince personas a la vez, todas visitándole a él. Creo que este dato es más que significativo de la clase de persona que fue, y del aprecio que despertó siempre en cualquiera que haya tenido le placer de conocerlo.
Infinita gratitud a todas las personas que nos acompañaron en el duelo, en el tanatorio y en el cementerio. Aunque las circunstancias te tengan en esos momentos más ausente que presente, sin duda se percibe esa compañía y ese calor. Para mi fue muy conmovedor ver lágrimas en los ojos de hombres y mujeres que jamás me hubiera imaginado llorando. Y saber que esas lágrimas eran por el aprecio que sentían hacia mi padre, me hace sentir un especial orgullo de ser su hijo.
Y sobre todo, a quienes les quiero dedicar mi eterno agradecimiento, es a mi familia. Para mi este tema se complicó con la distancia que me separa de los míos. Y el apoyo y la ayuda de mis primos, sus sobrinos, directos y políticos, me permitieron llevarlo, cuando no pude estar al lado suyo, con la tranquilidad de saberlo acompañado en todo momento. Eso es algo que no tiene precio ni se podrá pagar en la vida.
Ahora solo nos queda recordarlo como era, y hacerlo con esa sonrisa que él siempre tenía para quién se lo encontraba donde fuera.
Y vivir. Vivir conscientes de que aquí estamos de paso, pasamos rápido, y todo lo que no compartimos y disfrutamos, lo podemos dar por perdido.


1 comentario:

Nory Arduengo dijo...

Hola Sixto...un texto muy conmovedor y un reportaje de fotos y música muy bonito.
Un abrazo Nory.